No tengo más remedio que comentar la biografía Ludwig Wittgenstein: The Duty of Genius, de Ray Monk, que me ha afectado profundamente.
Wittgenstein fue lo más lejano a un filósofo académico profesional, a uno de esos que tiene una relación burocrática con la filosofía: Han estudiado una carrera de Filosofía, dan clases que el tablón de anuncios de la universidad define como de Filosofía, escriben artículos que el piadoso periódico que los publica rotula como Filosofía, y así sucesivamente. Son esas personas, tan comunes en la filosofía analítica, que no toman ningún problema filosófico con verdadero talante heroico y auténtico, sino como un pasatiempo que no tiene, por supuesto, el mal gusto y la indecencia de resultar angustioso o ni siquiera incómodo. Sino, es rápidamente repudiado como un pseudoproblema postmoderno, y facilmente olvidado por el mundo anglosajón, cuyo lastre puritano y amor por el confort le permite realizar esos gestos sin culpa y casi con alacridad.
Tampoco los filósofos académicos del Continente son muchas veces un ejemplo. Wittgenstein no despilfarró su vida en constantes ejercicios de exégesis histórica, con sus pedantescos y reverentes farragos de citas y notas a pie de página. Tampoco lastimó sus días en la lectura cargante y respetuosa del "canon" filosófico, a los que los filósofos continentales parecen tener que referirse con manía inusitada. Alguna vez me pregunté porque los franceses, que siempre fueron muy académicos, muy gramaticales y muy correctos, habían acabado siendo para el mundo el paradigma del posmodernismo desenfrenado. Lo cierto es que los franceses nunca han dejado de ser académicos: en sus libros no deja uno de observar el espíritu escolar, que se demuestra en su constante alusión a autores y a su imperiosa necesidad de hacer filosofía sobre un fondo erudito e histórico.
Wittgenstein siempre se entregaba con una atención constante a un determinado problema filosófico. Siempre leyó los libros y clásicos de filosofía de una manera errática y poco sistemática, pero lo compensaba con una concentración ardiente en algunos de los dilemas que planteaban. En vez de atiborrarse de bibliografía o de leer por deber, realmente pensaba sin cesar en ellos. Era consciente del efecto paralizador y fastidioso que puede tener el conocimiento demasiado meticuloso de la filosofía, como podía empeorar libros de gente que buscaba la aprobación de sus colegas con citas y una jerga prestada. Por eso recomendaba a sus discipulos que no se dedicaran a la filosofía de manera académica, que escogieran una profesión cualquiera, lo cual, a pesar de algunas consecuencias negativas, demuestra su deseo de alejarlas de la mortandad escolástica universitaria.
Wittgenstein, en suma, trabajaba la filosofía como un arte, con la pasión y el fervor de un músico o un poeta. Abominaba de aquellos señores, como los del Círculo de Viena, que la trataban como una acompañante lejana de la ciencia, sin entusiasmo y con afán exclusivamente técnico, con brutalidad mecánica. Valorando los grandes aportes de la ciencia, siempre desconfió de quienes le erigían en un ídolo o de los que la valoraban como el único método epistemológico válido. Por ejemplo, consideraba que podía ser iluminador establecer las semejanzas entre cosas, especialmente entre expresiones lingúísticas, en vez de fijarse principalmente en las relaciones de causalidad. Sea cual sea la validez de sus críticas al método científico, revela un entusiasmo digno de emular.
Todo esto resulta inspirador. Hay cosas bastante negativas de su legado, sin embargo. Las comentaré en la próxima entrada.
3 comentarios:
Y dicen, no sé si es leyenda, que durante su retiro en la cabaña Noruega llegó a domesticar a los pájaros de los acantilados.
Y además:
Ya de niño era un genio haciendo modelos con palillos.
Varios de su hermanos se suicidaron.
Renunció a su Herencia.
Le encantaban las películas del Oeste.
Una vez zanjó una discusión filosófica en Oxford arrojando al adversario el atizador de la chimenea.
Todo un tipo.
Leí con pasión esta biografía y la he recomendado a todo el que he podido. Que yo sepa, no ha decepcionado a nadie.
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