A través de las latitudes y de las épocas, los dos antagonistas inmortales cambian de dialecto y de nombre: uno es Parménides, Platón, Spinoza, Kant, Francis Bradley; el otro Heráclito, Aristóteles, Locke, Hume, William James.
A mí esta agrupación de filósofos en bandos siempre me ha parecido algo empobrecedora y poco efectiva.No niego que puedan encontrarse similitudes entre los filosófos pertenecientes a esos campos, que privilegian posicones morales o epistemológicas similares; lo que me parece empobrecedor es negar las diferencias entre los miembros de tales bandos, y negar el carácter frecuentemente racional de las disputas entre los filósofos, para verlas, por el contrario, como una lucha exclusiva entre temperamentos o entre pulsiones freudianas. Tampoco pretendo, entiéndase bien, negar la presencia del hombre en favor de lo que dejó escrito. .. Pero la lucha entre hedonistas y platónicos no es reducible exclusivamente a ello. El utilitarismo, que es una de las formas modernas de hedonismo, es criticable no sólo por gentes dominadas por pulsiones de muerte, si esa es su denominación correcto: hay una serie de objecciones y dificultades que pueden ser admitidas por todos.
Por supuesto, disto mucho de negar que una investigación psicológica nos pueda revelar porque a lo largo de la historia hay personas que proponen los mismos argumentos y defienden las mismas posturas. Lo único que enfatizo es que no debe reducirse la filosofía a una explicación psicológica, y sobre todo a una poco sutil ¿ Por ejemplo, el propio Epicuro, con su contrición, con sus recomendaciones contra la sensualidad y la voluptuosidad, no está siendo más antivital y mortecino que algunos idealistas? Y, sin embargo, Onfray considera que el primero pertenece a Eros, y los segundos a Thanatos.
Y a pesar de que haya bastantas conexiones entre el idealismo y el espíritu religioso en general, eso no quiere decir que los argumentos del idealismo sean aniquilados inmediatamente al establecer ese vínculo. Un excesivo afán psicológico sitúa a quien lo realiza al borde del argumento ad hominem, ya que no se critica la argumentación sino el temparamento del pensador en cuestión.
Sobre el segundo libro no puedo comentar mucho por el momento: sólo sé que aguardo con expectación el apartado dedicado a Michel de Montaigne, que ocupa buena parte del volumen.
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